extensamente considerado una figura clave tanto para la literatura
en habla hispana como para la literatura universal.
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La cosmovisión alegórica: una puerta para leer el mundo simbólicamente
Durante los meses de junio, julio y agosto vamos a explorar una manera especial de leer: la lectura alegórica. Este enfoque propone que los textos literarios no dicen solamente lo que dicen. Hay algo más allá de las palabras: imágenes, símbolos, gestos que representan ideas abstractas, conflictos profundos, verdades ocultas. Eso es lo que llamamos una cosmovisión alegórica: una manera de ver el mundo donde lo visible señala lo invisible, y lo concreto es apenas una forma de lo que no se puede decir directamente.
La alegoría, como figura literaria, es una metáfora extendida: no se limita a una sola palabra o frase, sino que todo el relato puede funcionar como un símbolo de otra cosa. A través de ella, una historia puede representar una idea filosófica, una postura política, un dilema existencial o un conflicto histórico. Leer alegóricamente no es buscar una “clave mágica” para traducir el texto, sino mantenerse en estado de atención: aceptar que cada gesto puede estar diciendo otra cosaQué es Alegoría.
En este trimestre, esa mirada va a ser nuestra herramienta principal. Leeremos “El sur” y “La muerte y la brújula” de Borges, donde lo fantástico, lo policial y lo gauchesco funcionan como superficies para pensar el destino, la identidad, la verdad. También vamos a abordar “El matadero” de Echeverría, donde la violencia de una escena concreta representa un conflicto político y moral más amplio. Y finalmente, “Cae la noche tropical” de Manuel Puig, que, desde lo íntimo y coloquial, esconde estructuras de poder, deseo y resistencia.
Estos textos no fueron escritos para entretener únicamente: fueron compuestos con la intención —consciente o no— de ofrecer una imagen del mundo cargada de símbolos. El que aprende a leer alegóricamente, aprende también a ver la realidad como una red de sentidos ocultos. No es una lectura más compleja, sino más profunda. No busca respuestas, sino interpretaciones. Y en ese gesto, quizás, se transforma la lectura en una forma de conocimiento. Una manera de estar atentos al misterio que habla detrás de lo evidente.
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Borges lee su poema
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Ajedrez
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1 Lectura detallada:
4 Determinismo y libertad:
5 Elegí UNA de estas propuestas:
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La creación de Adán. Miguel Ángel.
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Fresco La creación de Adán de Miguel Ángel
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La creación de Adán
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La creación de Adán: análisis de la obra de Miguel Ángel
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El submarino amarillo: una puerta de entrada a la alegoría
Un submarino amarillo puede ser, simplemente, un submarino amarillo. Pero también puede ser mucho más.
Esa posibilidad de mirar un objeto, una situación o una historia y descubrir que, además de su significado inmediato, puede construir otros sentidos es una buena manera de acercarnos a la cosmovisión alegórica.
La alegoría aparece cuando aquello que vemos o leemos puede ser interpretado en más de un plano. Existe un plano literal, formado por los objetos, personajes, espacios y acontecimientos que aparecen efectivamente en una obra; pero también puede construirse un plano alegórico, en el cual esos mismos elementos permiten pensar ideas más amplias y abstractas: el poder, la libertad, el miedo, la identidad, la violencia, el deseo, la sociedad, la muerte, la esperanza.
Por eso, leer alegóricamente no consiste en buscar un mensaje secreto escondido detrás de las cosas. Consiste en preguntarnos qué otras ideas puede hacer visible una obra mediante aquello que representa.
El submarino amarillo resulta especialmente fértil para realizar este ejercicio.
Un interior protegido
Un submarino tiene una característica particular: permite permanecer dentro de un ambiente que, sin esa protección, sería inhabitable. Afuera está el agua; adentro existe un espacio donde se puede respirar, moverse y vivir.
Por eso, el submarino puede pensarse como una alegoría de la interioridad protegida.
Todos construimos, de diferentes maneras, espacios interiores. Pensamientos, recuerdos, fantasías, afectos, deseos y temores forman una zona de nuestra experiencia que no está completamente expuesta a los demás. El submarino ofrece una imagen posible de esa interioridad: estamos en el mundo, pero existe una frontera entre el mundo exterior y aquello que conservamos dentro.
Sin embargo, el submarino no permanece quieto. Se desplaza.
Esto vuelve más interesante la imagen: protegerse no significa necesariamente quedarse inmóvil ni escapar de la realidad. El submarino permite atravesarla desde un lugar protegido.
Podría representar, entonces, algo más complejo que un refugio: una manera de viajar por aquello que nos resulta desconocido sin perder por completo nuestra identidad.
Descender hacia lo que no vemos
El submarino no solamente avanza: desciende.
La superficie del mar es visible. Podemos observarla desde afuera. Pero debajo existe una enorme extensión que permanece oculta.
Desde hace muchísimo tiempo, la profundidad funciona en el arte y en la literatura como una imagen de aquello que no resulta inmediatamente accesible. Lo profundo puede asociarse con el misterio, la memoria, los deseos, los temores o aquellas partes de nosotros mismos que todavía no comprendemos.
Desde una lectura psicológica, entonces, el océano puede imaginarse como una representación del inconsciente: aquello que forma parte de nosotros aunque no permanezca constantemente bajo el control de nuestra conciencia.
El submarino sería, en ese caso, el vehículo que permite aproximarse a esas profundidades.
La imagen es sugerente: descender sin ahogarse.
Explorar lo profundo no significa necesariamente quedar atrapado en ello. El submarino establece una frontera entre quien explora y aquello que está explorando. Nos permite mirar hacia afuera desde un interior relativamente seguro.
Por eso podría pensarse como una nave capaz de viajar por las zonas menos conocidas de nosotros mismos.
Un refugio que no está vacío
Pero aparece una diferencia fundamental: ese interior no tiene por qué ser individual.
El submarino es también un espacio compartido.
Esta característica permite pasar de una interpretación psicológica a una interpretación social. El refugio deja de ser solamente el espacio del individuo y puede convertirse en una alegoría de la comunidad.
Una comunidad también construye un interior: comparte palabras, recuerdos, costumbres, relatos, canciones, experiencias y formas de comprender el mundo.
Entonces aparece una paradoja interesante.
El submarino está aislado y acompañado al mismo tiempo.
Está separado del exterior por una estructura que lo protege, pero en su interior existe convivencia. La separación respecto del mundo no produce necesariamente soledad. Puede producir pertenencia.
El submarino se transforma así en una especie de interior colectivo.
Y esa idea permite formular una pregunta que aparecerá muchas veces al leer obras alegóricas: ¿qué cosas permiten que un conjunto de individuos llegue a sentirse parte de un “nosotros”?
Vivir adentro
Hay además una diferencia importante entre viajar en un lugar y vivir en él.
Un vehículo normalmente sirve para trasladarnos de un punto a otro. Entramos, viajamos y finalmente salimos. Pero imaginar el submarino como lugar de vida modifica su significado.
Ya no estamos solamente ante un medio de transporte. Estamos ante un pequeño mundo.
Un espacio reducido puede contener una sociedad.
Por eso, el submarino puede adquirir una dimensión utópica. Una utopía es, en términos generales, la imaginación de otra forma posible de organizar la vida. No necesariamente debe tratarse de una sociedad perfecta. Basta con que permita imaginar un mundo diferente del habitual.
El submarino puede representar, desde esta perspectiva, la posibilidad de construir un pequeño mundo dentro del mundo.
Pero toda utopía plantea preguntas.
¿Quién puede entrar?
¿Cómo se convive allí?
¿Qué sucede con las diferencias?
¿El interior protege o encierra?
¿Hasta qué punto necesitamos separarnos del exterior para construir algo propio?
La alegoría se vuelve especialmente interesante cuando deja de ofrecer respuestas sencillas y comienza a producir este tipo de problemas.
El amarillo: cuando lo extraño modifica lo cotidiano
También importa que el submarino sea amarillo.
Los submarinos que asociamos con la realidad militar suelen imaginarse oscuros, grises, negros, discretos. Su función exige precisamente pasar inadvertidos.
Un submarino amarillo hace lo contrario.
Se muestra.
Hay algo deliberadamente absurdo, alegre e infantil en esa combinación. El objeto conserva una forma reconocible —sabemos perfectamente qué es un submarino— pero recibe una característica inesperada.
Ese pequeño desplazamiento alcanza para transformar nuestra percepción.
Aquí aparece otra dimensión de la alegoría: la imaginación puede tomar elementos de la realidad y reorganizarlos para permitirnos verla de otra manera.
No necesitamos abandonar completamente el mundo conocido. Podemos modificarlo.
Un submarino existe.
El amarillo existe.
Lo extraordinario surge de haberlos unido.
La imaginación como forma de conocimiento
Por eso el submarino también puede funcionar como una alegoría de la imaginación.
Imaginar no significa necesariamente escapar de la realidad. La imaginación puede ser una manera de explorar posibilidades que la experiencia cotidiana no ofrece inmediatamente.
La literatura funciona muchas veces de ese modo.
Inventamos países inexistentes para hablar de países reales.
Inventamos monstruos para hablar de nuestros miedos.
Inventamos viajes para hablar de transformaciones interiores.
Inventamos familias para pensar una sociedad.
Inventamos futuros para discutir nuestro presente.
Lo imaginario crea una cierta distancia respecto de la realidad y, justamente gracias a esa distancia, puede permitirnos observarla desde otro lugar.
Por eso una obra alegórica rara vez necesita decir directamente: “esto representa aquello”.
Construye una imagen y permite que esa imagen empiece a producir sentidos.
Un objeto imposible y la mirada de la infancia
El submarino amarillo conserva también algo de juguete gigantesco.
La pregunta “¿por qué tendría que ser amarillo?” puede recibir una respuesta sorprendentemente sencilla:
¿Y por qué no?
Esa lógica tiene mucho de la imaginación infantil.
Durante la infancia, los objetos todavía pueden transformarse con enorme facilidad. Una caja puede ser una nave espacial; una sábana, una capa; una habitación, un castillo. La imaginación no elimina la realidad material del objeto: la amplía.
Una caja sigue siendo una caja y, simultáneamente, puede convertirse en una nave.
Algo semejante ocurre con la alegoría.
Un objeto conserva su existencia dentro de la historia y, al mismo tiempo, empieza a significar otras cosas.
Desde esta perspectiva, el submarino amarillo puede asociarse con una forma de mirar el mundo anterior a muchas de las restricciones que impone la mirada adulta: la capacidad de aceptar momentáneamente lo imposible para descubrir qué puede enseñarnos.
Refugio o encierro
Pero ninguna alegoría interesante debería quedar reducida a una equivalencia sencilla.
Si dijéramos:
submarino = refugio
y termináramos allí, habríamos empobrecido la imagen.
Porque todo refugio puede convertirse también en encierro.
La misma pared que protege del agua impide salir.
La misma frontera que permite conservar un interior separa del exterior.
La misma comunidad que produce pertenencia puede establecer quién pertenece y quién queda afuera.
Aquí aparece una característica fundamental de los símbolos literarios: pueden contener sentidos contradictorios.
El submarino puede representar protección y aislamiento.
Comunidad y separación.
Libertad de movimiento y encierro.
Exploración y refugio.
Profundidad y juego.
Individualidad y pertenencia.
No hace falta elegir solamente uno.
Precisamente esa capacidad de mantener significados diferentes, incluso contradictorios, hace que ciertos objetos sean especialmente poderosos para una lectura alegórica.
La alegoría no es un diccionario secreto
Conviene evitar, entonces, una forma demasiado mecánica de interpretar.
No se trata de construir una lista como esta:
“agua significa inconsciente”.
“amarillo significa alegría”.
“submarino significa refugio”.
Una obra artística no funciona necesariamente como un código en el que cada elemento posee una traducción única.
Es más interesante hablar de hipótesis de lectura.
Podemos proponer que el agua se relacione con lo desconocido si encontramos razones para sostener esa interpretación.
Podemos relacionar el submarino con la protección porque su estructura permite sobrevivir en un ambiente exterior peligroso.
Podemos pensar su interior como comunidad porque es un espacio compartido.
La diferencia es fundamental.
En una interpretación alegórica no basta afirmar:
“Para mí esto significa…”
Hay que poder agregar:
“…y estos elementos me permiten pensarlo.”
Interpretar no es adivinar.
Es construir una lectura y sostenerla mediante indicios.
Esta manera de trabajar coincide con uno de los propósitos centrales de Literatura de 6.º año: reconocer simbolismos evidentes y también aquellos más sutiles o encubiertos, para construir múltiples lecturas acompañadas por sus respectivas argumentaciones.
Dos historias al mismo tiempo
Podemos llegar así a una definición inicial.
Una alegoría es una construcción artística que permite leer simultáneamente diferentes planos de sentido.
Existe aquello que vemos o aquello que sucede.
Y existe aquello que, mediante eso que vemos o sucede, podemos comenzar a pensar.
Una casa puede ser una casa y también representar una sociedad.
Un viaje puede ser un desplazamiento y también representar una transformación.
Una tormenta puede ser un fenómeno meteorológico y también representar una crisis.
Una prisión puede ser un edificio y también una forma de representar relaciones de poder.
Un submarino amarillo puede ser un vehículo fantástico y también convertirse en una imagen de la interioridad, la imaginación, la comunidad, la infancia, el inconsciente, el refugio o la utopía.
No hay que destruir el primer significado para llegar al segundo.
La alegoría dice una cosa y nos invita a pensar otra sin dejar de decir la primera.
Una manera de mirar
Por eso hablamos de cosmovisión alegórica y no solamente de “alegorías”.
Una cosmovisión es una manera de representar y comprender el mundo. El Diseño Curricular de Literatura propone justamente pensar las obras como diferentes maneras de “dar forma a la experiencia” y señala para 6.º año el trabajo con formas cómicas, alegóricas, de ruptura y experimentación.
La mirada alegórica parte de una sospecha:
quizás las cosas sean algo más de lo que parecen.
Frente a un personaje, pregunta qué fuerzas o ideas pueden encarnarse en él.
Frente a una casa, pregunta qué tipo de mundo organiza.
Frente a una relación entre dos personas, pregunta qué relaciones sociales más amplias podrían estar representándose.
Frente a una prohibición, pregunta quién posee el poder de prohibir.
Frente a un espacio cerrado, pregunta si protege o aprisiona.
Frente a un viaje, pregunta qué transformación representa.
Frente a un silencio, pregunta qué impide hablar.
Por eso leer alegóricamente supone aprender a mirar dos veces.
Primero vemos el objeto.
Después nos preguntamos qué mundo puede caber adentro.
Y a veces alcanza con algo tan extraño y sencillo como un submarino amarillo para empezar a hacerlo.
- Qué es alegoría

