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66. Poema 26, de Árbol de Diana


Blue night (1937)
Paul Klee

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Fin del Mundo es una agrupación de post rock radicada en Buenos Aires,
pero con raíces en la Patagonia.
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La noche 

Basada en el Poema 26 de Árbol de Diana (Alejandra Pizarnik).

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1. Pizarnik y Klee: el lenguaje de lo invisible

Alejandra Pizarnik elige a Paul Klee no sólo como pintor, sino como símbolo de una sensibilidad que intenta ver lo invisible. Klee, en su arte, busca captar los movimientos interiores del alma: lo que vibra detrás de la forma. En Blue Night, los trazos fragmentados, las líneas que no encierran figuras del todo, y los tonos azules profundos parecen construir un espacio entre sueño y vigilia. No hay objetos reconocibles, sino una música visual: líneas que se cruzan como pensamientos.

Del mismo modo, Pizarnik convierte el lenguaje en un espejo que vibra. Su poema no narra ni describe; sugiere, como una pintura abstracta hecha de palabras. Al mencionar a Klee, se alía con una estética surrealista y simbolista, donde la realidad visible es apenas una superficie. Lo esencial —la noche, el rostro, el espejo, el ídolo— son emblemas de un misterio que sólo puede intuirse.

2. “El palacio de la noche”

La noche es una imagen central en toda la obra de Pizarnik: no como ausencia de luz, sino como espacio de revelación. La noche enciende su hermosura: una paradoja. En lugar de apagarse, la oscuridad “enciende”, se vuelve luminosa por dentro. Es el momento en que la conciencia se abre a lo inconsciente, cuando lo oculto se muestra.
El “palacio” sugiere un lugar interior, tal vez el inconsciente mismo, donde las emociones y los recuerdos adquieren formas simbólicas. La poeta invita a entrar en ese espacio, a dejar que la noche muestre su poder creador.

3. “Pulsaremos los espejos”

El verbo pulsar aparece con una carga musical: tocar, hacer vibrar. Pulsar un espejo es intentar que la imagen reflejada despierte, que deje de ser superficie y se vuelva presencia viva. En los espejos se multiplica el yo: cada reflejo puede ser una versión de uno mismo, o un otro desconocido.
Pizarnik, que tantas veces escribió sobre el miedo a “ser dos” o a no reconocerse (“camino del espejo: alguien en mí dormido / me come y me bebe”), retoma aquí ese tema, pero de modo más luminoso. Pulsar los espejos es intentar que la identidad cobre voz, que el rostro reflejado “cante”.

4. “Hasta que nuestros rostros canten como ídolos”

El cierre del poema transforma lo humano en sagrado: los rostros “cantan como ídolos”. El canto, que une palabra y música, es un gesto de vida y de trascendencia. El ídolo —figura inanimada, símbolo de adoración— cobra voz. Lo que antes estaba mudo ahora habla.
Podemos entenderlo como una resurrección simbólica: a través del arte (la pintura, la poesía, el espejo), lo inerte se anima, lo que estaba en sombras se ilumina. Así, el poema es una pequeña escena mística donde la creación poética se convierte en rito de despertar.

5. El surrealismo y el sueño lúcido

El surrealismo influye en Pizarnik, pero ella lo lleva hacia una intimidad dolorosa y lúcida. En este poema no hay imágenes arbitrarias, sino asociaciones que brotan del inconsciente. La noche, el espejo, el rostro y el canto forman una cadena simbólica que puede leerse como el proceso de creación poética:

  1. La noche: el inconsciente, el origen.

  2. El espejo: la autoconciencia, la confrontación con uno mismo.

  3. El rostro: la identidad poética que se busca.

  4. El ídolo que canta: la obra terminada, el poema hecho revelación.

Klee, en su pintura, también propone un universo donde los límites entre forma y fondo se disuelven. Pizarnik, desde la palabra, logra lo mismo con el sentido: rompe la frontera entre silencio y voz, entre lo real y lo soñado.

6. Interpretación final para los alumnos

Este poema puede leerse como una metáfora de la creación artística.
Cuando la noche —la inspiración, el misterio— “enciende su hermosura”, el poeta y el lector “pulsan los espejos”: buscan su reflejo más profundo. Finalmente, ese reflejo canta: es la voz del arte, que transforma la oscuridad en belleza.

En lenguaje simple:
Pizarnik nos dice que la belleza nace cuando nos animamos a mirar lo oscuro sin miedo, cuando tocamos nuestros propios reflejos —nuestros miedos, nuestras sombras— hasta que algo dentro nuestro despierta y empieza a cantar.
Así como Klee hace con los colores, Pizarnik hace con las palabras: crea un mapa de la noche interior, donde cada trazo o verso es una chispa de revelación.


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