
La malasangre y el círculo de la violencia
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Comentario: La malasangre, de Griselda Gambaro
Babilonia literaria
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La malasangre: cuando una casa empieza a decir demasiado
Leer La malasangre, de Griselda Gambaro, es entrar en una casa en la que algo no está bien. No hace falta que suceda nada extraordinario para advertirlo. Alcanza con prestar atención a cómo hablan los personajes, quién puede decidir, quién debe obedecer, quién se burla de quién y, sobre todo, quién tiene derecho a decir que no.
Griselda Gambaro es una de las figuras fundamentales del teatro argentino contemporáneo. La malasangre fue escrita y llevada a escena a comienzos de la década de 1980, cuando la Argentina todavía estaba gobernada por la última dictadura militar. Sin embargo, Gambaro no sitúa la acción en aquellos años. Nos lleva mucho más atrás, aproximadamente hacia 1840, durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas. Esa distancia histórica es una de las primeras claves de lectura.
La propia autora explicó que recurrió a esa época porque le permitía representar de manera convincente relaciones familiares muy desiguales y, al mismo tiempo, hablar indirectamente de la violencia que la Argentina había sufrido desde 1976. También hizo una aclaración fundamental: La malasangre no es una obra histórica. El pasado le sirve para hablar de problemas que exceden ese pasado.
Por eso conviene comenzar la lectura sin intentar resolver inmediatamente la pregunta «¿qué representa cada cosa?». Una alegoría no es necesariamente un acertijo en el que A significa una sola cosa y B significa otra. Es más interesante pensarla como una historia que, mientras cuenta algo, nos invita a pensar en algo más.
Una familia y sus reglas
En el centro de la obra encontramos una familia acomodada. Benigno es el padre; Candelaria, la madre; Dolores, la hija. A ese mundo ingresan otros personajes, entre ellos Rafael, contratado como maestro de Dolores, y Fermín, estrechamente ligado a Benigno.
Desde las primeras escenas importa observar cómo están distribuidas las posibilidades de actuar. No todos ocupan el mismo lugar. Benigno dispone de una autoridad enorme y parece considerar natural ejercerla. Los demás desarrollan distintas maneras de vivir alrededor de ese poder: obedecer, callar, soportar, adaptarse, disimular, desafiar.
Ahí aparece una pregunta que va a acompañar toda la lectura: ¿qué diferencia existe entre tener autoridad y ejercer dominio sobre otra persona?
No toda relación de autoridad es necesariamente violenta. Un padre, una madre, un docente o una autoridad política pueden tener responsabilidades y tomar decisiones. El problema comienza cuando la autoridad deja de reconocer al otro como alguien con voluntad propia. En La malasangre, Gambaro lleva esta cuestión a situaciones cada vez más incómodas.
Y hay algo particularmente interesante: la violencia no aparece únicamente como agresión física. También puede encontrarse en una humillación, una amenaza, una orden presentada como indiscutible o una decisión tomada sobre la vida de otra persona.
Por eso resulta útil leer la obra pensando también en algunas preguntas que hoy forman parte de la ESI: ¿qué significa respetar la autonomía de otra persona? ¿Puede existir un vínculo sano cuando alguien decide siempre y el otro solamente puede aceptar? ¿Qué lugar tiene el consentimiento? ¿Qué sucede cuando el miedo impide expresar lo que uno realmente quiere?
Estas preguntas no convierten a La malasangre en una historia de «hombres contra mujeres». Sería una simplificación. Gambaro construye algo bastante más complejo. Hay personajes masculinos que ejercen poder y otros que lo padecen; personajes femeninos que se rebelan y otros que han aprendido a acomodarse a un orden que las limita. Lo importante no es dividir automáticamente a los personajes según su género, sino observar qué hacen con el poder que tienen y qué hacen frente al poder de los demás.
Los estudios sobre la dramaturgia de Gambaro señalan precisamente que el abuso de poder y la situación social de las mujeres constituyen problemas importantes de su teatro, pero no problemas aislados: forman parte de una interrogación más amplia acerca de la dominación.
Dolores: aprender a mirar
El nombre de Dolores no parece casual. Pero sería apresurado decidir desde el comienzo exactamente qué significa. Conviene observar al personaje.
Dolores es joven y vive en un mundo organizado por otros. Sin embargo, eso no significa que acepte dócilmente todo lo que ocurre. Mira, pregunta, provoca, se enoja, prueba los límites. A veces también puede ser cruel. Y esto es importante porque evita convertirla en una heroína perfecta.
Gambaro no construye personajes para que podamos separarlos fácilmente entre «buenos» y «malos». Incluso alguien que sufre una forma de dominación puede reproducirla sobre una persona más vulnerable. Esa idea merece atención: el poder puede formar cadenas.
Una persona recibe una humillación y después humilla. Alguien obedece a quien tiene más poder y manda sobre quien tiene menos. De ese modo, una sociedad autoritaria no depende solamente de una figura poderosa. También necesita pequeñas obediencias, complicidades, miedos y silencios.
Rafael altera ese equilibrio. Su presencia introduce varias cuestiones que vale la pena observar mientras seguimos leyendo: las apariencias físicas, los prejuicios, la diferencia social, la inteligencia y la posibilidad de mirar a alguien de una manera distinta de aquella que los demás imponen.
Aquí también podemos acercarnos a la ESI desde un lugar que no se limita a la sexualidad. La ESI propone reflexionar sobre el respeto por la diversidad, la afectividad, los derechos y el modo en que construimos nuestros vínculos. ¿Cuánto de lo que consideramos «atractivo», «normal», «adecuado» o «ridículo» aprendimos de otros? ¿Qué ocurre cuando una persona es reducida a una característica de su cuerpo? ¿Podemos conocer verdaderamente a alguien si primero decidimos cuánto vale según su apariencia?
La obra incomoda porque estas preguntas no están explicadas como una lección. Aparecen en las relaciones entre los personajes.
Escuchar lo que ocurre afuera
Hay otra particularidad que conviene seguir desde las primeras páginas: la casa no está aislada.
Existe un afuera.
Y ese afuera se escucha.
Llegan voces, rumores, pregones y señales de una violencia política que los personajes conocen aunque no siempre quieran hablar de ella. Lo que ocurre en la calle y lo que ocurre dentro de la familia empiezan a parecerse de una manera inquietante.
Ese procedimiento es fundamental para comprender la obra. La violencia pública y la privada no son exactamente lo mismo, pero Gambaro las coloca una al lado de la otra para que el espectador establezca relaciones.
El Diseño Curricular bonaerense propone leer la literatura precisamente de esta manera: como una forma de conocer diferentes maneras de pensar la realidad y de dar forma a la experiencia. También señala que leer literatura argentina permite acercarse a la historia y la cultura nacionales y que relacionar los textos con sus contextos históricos contribuye a comprenderlos.
Con La malasangre vamos a hacer exactamente eso.
Pero hay que evitar una trampa: leerla únicamente como un documento sobre Rosas o sobre la última dictadura. Si fuera solamente eso, bastaría una clase de Historia.
La literatura hace otra cosa.
Nos coloca dentro de una habitación. Nos obliga a escuchar una conversación incómoda. Hace que una orden familiar pueda recordarnos una orden política. Nos muestra cómo una persona aprende a tener miedo y cómo otra empieza a descubrir que quizá no quiera vivir según las reglas que recibió.
Por eso, mientras avancen en la obra, no se preocupen todavía por descubrir «el mensaje correcto». Observen.
Miren quién habla y quién calla.
Quién toca a quién y con qué derecho.
Quién decide sobre el futuro de quién.
Quién se ríe y quién es objeto de esa risa.
Quién obedece porque está de acuerdo y quién obedece porque tiene miedo.
Y presten atención a los momentos en que alguien empieza a decir no.
Porque tal vez una de las preguntas más importantes de La malasangre sea justamente esa: ¿qué ocurre cuando una persona criada para obedecer empieza a descubrir que también puede elegir?
