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La malasangre - 2 (Tp 6)

 


.La malasangre
Griselda Gambaro

Cliquear en la imagen para acceder a la obra ☝

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Una casa que también es un país: la alegoría en La malasangre

Hay historias en las que una casa es simplemente una casa. En La malasangre, conviene sospechar que no.

A medida que avanzamos en la obra, las relaciones entre Benigno, Dolores, Candelaria, Rafael y Fermín empiezan a adquirir un sentido que supera los problemas de una familia. Sin dejar de ser personajes individuales, también parecen formar parte de una representación mucho más amplia sobre el poder.

Ahí entramos de lleno en la cosmovisión alegórica.

Una alegoría construye un mundo concreto que permite pensar otro. Los personajes tienen conflictos propios, pero esos conflictos pueden representar problemas sociales, históricos, políticos o morales más generales. Por eso una obra alegórica nos obliga a leer en dos niveles al mismo tiempo.

En La malasangre vemos una casa gobernada por un padre autoritario. Pero también podemos preguntarnos: ¿qué ocurre con un país cuando el poder político se comporta de una manera semejante?

La relación no es accidental.

Gambaro ubica la acción alrededor de 1840, durante el rosismo, aunque evita construir una reconstrucción histórica exacta. La investigadora Cristina Andrea Featherston señala que la obra dialoga con una extensa tradición de la literatura argentina que representó aquel período y estudia cómo el texto vuelve sobre la oposición entre civilización y barbarie para transformarla.

Pero hay una segunda fecha que debemos colocar al lado de 1840: 1981-1982, los años de escritura y estreno de la obra, todavía bajo la última dictadura militar argentina.

La propia Gambaro explicó años después que había recurrido al siglo XIX para poder hablar de la violencia sufrida desde 1976, cuando todavía no era posible referirse libremente al presente. Estudios sobre el teatro argentino de aquellos años consideran La malasangre uno de los ejemplos más claros de alegoría histórica: trasladar la acción a otro período para establecer relaciones con conflictos contemporáneos.

Entonces aparecen tres niveles:

la casa, el país de 1840 y la Argentina de la dictadura.

No son idénticos. Se iluminan mutuamente.

Cuando el poder entra en la casa

Uno de los grandes hallazgos de Gambaro consiste en no representar el autoritarismo solamente mediante soldados, gobernantes o instituciones. Lo coloca en una familia.

Benigno ejerce un poder que busca organizar no solamente lo que los otros hacen, sino también lo que pueden desear. La casa funciona de acuerdo con su voluntad. Su autoridad invade conversaciones, decisiones y vínculos.

Por eso podemos pensar la casa como una pequeña sociedad.

Una lectura crítica ha señalado justamente esta relación entre el autoritarismo del padre y el autoritarismo estatal: la obra coloca el conflicto político dentro de la institución familiar.

Esto permite plantear una cuestión muy actual sin forzar la obra: una relación afectiva no vuelve legítimo cualquier ejercicio del poder.

«Lo hago porque te quiero», «sé lo que te conviene» o «tenés que obedecerme porque soy tu padre, tu pareja o alguien que sabe más» pueden expresar cuidado en determinados contextos, pero también pueden convertirse en maneras de anular la voluntad de otra persona.

La diferencia está en algo fundamental: reconocer al otro como sujeto.

Desde la ESI, esta cuestión permite pensar la autonomía, el consentimiento y el respeto dentro de los vínculos. Pero La malasangre agrega algo todavía más interesante: esas relaciones personales no están separadas de la sociedad.

Aprendemos a relacionarnos en un mundo que ya tiene ideas sobre cómo «debe» comportarse un padre, una madre, una hija, un varón, una mujer, una persona poderosa o una persona subordinada.

Candelaria permite observar muy bien esa complejidad. Su posición no puede entenderse simplemente diciendo que «las mujeres son víctimas». Sería reducir demasiado la obra. Ella vive dentro de un sistema desigual y ha desarrollado su propia manera de sobrevivir en él. La pregunta interesante es otra: ¿adaptarse a una injusticia puede terminar ayudando a conservarla?

La misma pregunta vale para personajes masculinos.

Fermín, por ejemplo, permite pensar qué sucede con quien se coloca al servicio de un poder mayor. Rafael, en cambio, ocupa otro lugar frente a las jerarquías, las apariencias y las humillaciones. Gambaro distribuye distintas posiciones ante la dominación sin reducirlas a «varones malos» y «mujeres buenas».

El problema central es el uso del poder.

El cuerpo también puede convertirse en territorio

En una sociedad jerárquica, no todos los cuerpos reciben la misma mirada.

Algunos cuerpos son admirados. Otros son ridiculizados. Algunos parecen otorgar prestigio y otros son utilizados para justificar el desprecio.

Por eso el aspecto físico de los personajes no es un detalle menor.

Gambaro nos enfrenta con una pregunta incómoda: ¿quién decide qué cuerpos merecen respeto?

La burla sobre el cuerpo es una manera de establecer jerarquías. Cuando una persona queda reducida a su apariencia, dejamos de verla como alguien completo. Y cuando esa mirada se vuelve colectiva, el prejuicio puede parecer «normal».

Aquí la relación con la ESI aparece nuevamente, pero sin abandonar el análisis literario. Trabajar sobre el respeto por la diversidad corporal no significa afirmar que todas las personas deban sentir atracción por todas las demás. Significa algo más básico: el valor y la dignidad de una persona no dependen de cumplir con un modelo corporal.

En La malasangre, además, el cuerpo se conecta con el poder político. El poder observa, clasifica, amenaza y dispone sobre cuerpos. Así, aquello que parecía un conflicto privado vuelve a abrirse hacia el país.

El rojo: un color que invade

También conviene prestar atención a algo muy visible: el rojo.

El espacio de La malasangre está atravesado por ese color. Históricamente, el rojo punzó estuvo asociado al federalismo rosista. Pero en una obra literaria un símbolo puede acumular significados.

El rojo puede remitir al poder político, pero también a la violencia, la pasión, el peligro, la sangre y la imposibilidad de permanecer neutral.

Por eso no conviene traducir mecánicamente «rojo = Rosas» y seguir adelante. Lo interesante es observar cuándo aparece, quién lo lleva, qué invade y qué sensaciones produce.

La alegoría funciona precisamente de esa manera. Un elemento concreto empieza a reunir sentidos diferentes.

Lo mismo ocurre con las voces que llegan desde afuera. La calle entra en la casa mediante sonidos y palabras. La violencia política quizá no esté permanentemente delante de nuestros ojos, pero sabemos que existe.

Y ahí Gambaro plantea una de sus ideas más fuertes: no ver algo no significa que ese algo no esté ocurriendo.

Hablar, callar, obedecer

Finalmente, presten mucha atención al lenguaje.

En una obra de teatro, hablar es actuar.

Una orden modifica una situación. Una amenaza produce miedo. Una burla establece superioridad. Una respuesta desafiante puede modificar una relación. Incluso el silencio puede adquirir significado.

Un estudio dedicado precisamente a La malasangre destaca la relación entre «el silencio y la palabra» y entiende la obra como una exploración de las distintas formas de dominación y de las posibilidades de enfrentarlas.

Por eso la pregunta política de la obra no es solamente quién gobierna.

Es también: ¿quién puede hablar?

Y todavía más: ¿qué cuesta decir lo que uno piensa cuando hablar tiene consecuencias?

Esa pregunta conecta 1840 con la dictadura iniciada en 1976, pero no queda encerrada en ninguno de esos períodos. Sigue siendo una pregunta posible para cualquier sociedad, institución, familia o grupo humano.

El Diseño Curricular de 6.º año propone que las obras alegóricas permitan analizar el simbolismo, sus estrategias y sus propósitos y sostiene que la literatura contribuye a construir subjetividades, tomar posición y desarrollar una manera propia de mirar la vida.

Ese es un buen modo de seguir leyendo La malasangre.

No busquen solamente qué le ocurre a Dolores.

Pregúntense qué aprende.

No observen solamente qué hace Benigno.

Pregúntense cómo consigue que los demás acepten su poder.

No miren solamente la relación entre dos personajes.

Pregúntense qué ideas acerca del cuerpo, el género, la autoridad, el amor, la obediencia y la libertad aparecen detrás de esa relación.

Y, sobre todo, cuando algo que ocurre dentro de esa casa les resulte injusto, extraño o excesivo, hagan una última pregunta:

¿Seguimos hablando de una familia o, sin darnos cuenta, ya estamos hablando de un país?